Nuestra vida está plagada de excusas. Sin darnos cuenta, todo el tiempo estamos dándolas. Algunas están bien fundadas, otras funcionan como mínimos engaños y están aquellas que en derecho podrían calificarse como “excusas dolosas”.

Desde el adolescente que inventa que su madre enfermó, gravemente y de repente el día anterior, para esquivar un examen oral, hasta el marido que argumenta tener trabajo atrasado para irse de juerga con sus amigos.

Ejemplos abundan. “Llamame en cinco, que estoy en una reunión”, cuando la realidad es: “Te atendí sin darme cuenta de que eras vos, ahora no te atiendo más”; “disculpame no voy a poder ir, el nene tiene fiebre”, cuando no queremos admitir que nos aburrimos como rinocerontes en su presencia. “No es que no te quiera, es que no soy el hombre que vos necesitás”, traducción: no soporto verte más. “Te juro que no te vi”. Otra excusa automática y pueril para no asumir nuestro total despiste en un accidente de tránsito.

Ficticias enfermedades de nuestros seres más cercanos suelen ser usadas para salir de situaciones embarazosas. “Perdón, doctor, por el exabrupto. Es que estoy muy nervioso porque tengo a mi abuela enferma”, escribió en un e-mail un hombre a su jefe, luego de protagonizar un escandalete con un compañero de trabajo que lo molestaba.

El problema es que hay algunas excusas que necesitan de una cierta ingeniería previa para no ser descubiertas. Eso incluye involucrar a otras personas para que den fe de nuestras mentiras: “Por favor, si te llama Claudio, decile que tengo que terminar un trabajo con vos”.

Fabricante de mentiras. Yendo a un escenario más amplio, podría decirse que los call centers de las empresas de telefonía celular son enormes organizaciones para dar excusas: por qué no anda el servicio, por qué nos cobran algo que no sabíamos, ¿no era que los mensajes de texto eran gratis?, etcétera.

Hay ejemplos mucho más sofisticados. Como las empresas dedicadas a fabricar coartadas para maridos infieles. En algunos casos, inventan falsos congresos para justificar escapadas románticas. Tan bien organizada está la trama, que hasta imprimen folletos e invitaciones. Incluso, para no despertar sospechas, habilitan un número telefónico para que las incautas esposas llamen y una operadora les ratifique la existencia del congreso y la asistencia de sus maridos.

Cacho Yerom, el principal asesor de esta columna, nos comunicó que, por razones de estricta salud no pudo enviar sus reflexiones, aunque en una breve comunicación telefónica anticipó saber cuál era la cruda verdad de las excusas. Pero una música fuerte de fondo no dejó oír lo que decía.

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